Abrió la puerta y salió a la calle.
No había andado mucho cuando empezó a caer una lluvia suave que
resbalaba por su cara y caía en su pecho como una caricia dirigida
al corazón. No le importó mojarse y siguió caminando con la
sonrisa de quien recibe un abrazo de alguien especial.
El olor a hierba mojada la transportó
a sus días de adolescencia. Recordó la brisa en su cara de sus
largos paseos en bici por caminos sin explorar. Todo era verde y
brillante entonces, cuando cada opción era una posibilidad y cada
reto despertaba su curiosidad y su seguridad en sí misma.
Se sentía reconfortada por la dulzura
de aquellos recuerdos cuando, súbitamente, la imagen de su realidad
actual la golpeó con dureza. ¿Dónde habían quedado su energía y
su pasión por cualquier cosa? ¿Cuándo se entregó al miedo y a la
desconfianza? ¿Por qué decidió rendirse y dejar de soñar?
Se paró y permaneció allí en pie
bajo la lluvia, con la mirada perdida en sus recuerdos, mientras se
redefinía a sí misma e intentaba recuperar su esencia más
profunda, oculta durante demasiado tiempo en la oscuridad de las
limitaciones venidas de la rutina o los prejuicios. Alzó la cabeza y dejó que la lluvia corriera
por su cuerpo, rompiendo barreras que jamás debieron ser, llevándose
nudos que nunca debieron atar.
