Aquella tarde el sol al ponerse
desteñía el paisaje. Una especie de humo distante ensuciaba el
cielo y desdibujaba formas y colores. Todo tenía un ligero toque
grisáceo que inundaba de melancolía el atardecer. Los árboles al
fondo del camino no tenían la vitalidad habitual y parecían querer
esconderse en las sombras de la tarde. Los girasoles secos se veían
eternamente tristes en un día caluroso, aunque frío al mismo
tiempo.
Ella estaba allí, sentada sobre
aquella piedra enorme al lado de los olivos. Su pelo se iluminaba
vagamente con los rayos dorados de un sol empalidecido. Tenía la
vista perdida en el horizonte mientras sus pensamientos hacían
confidencias a los viejos árboles del camino y se dejaban
reconfortar por ellos.
Entonces apareció él como salido de
ninguna parte. Venía solo, sin más carga que sus decisiones ni más
alegrías que las que dejó atrás. Sus ojos se buscaron y sus
miradas se entrelazaron con tal fuerza que parecían querer soldarse
el uno al otro, fundirse juntos. Un finísimo cordón tejido con
hilos de angustia se debió colar por algún resquicio de su cuerpo,
pues le apretaba el pecho y casi no la dejaba respirar. El corazón
le latía con fuerza, luchando por no ahogarse en el remolino que
habían provocado sus sentimientos y que tiraba con fuerza hacia un
fondo incierto y oscuro.
Él bajó la vista y ella intentó
decir algo, pero las palabras se le quedaron pegadas en la garganta,
negándose a salir. Después de un triste forcejeo con sus propias
palabras, también ella bajó la vista y dos tímidas lágrimas
rodaron por sus mejillas. Entonces él extendió su mano y ella,
temblorosa y sin acertar en sus movimientos, intentó extender la
suya para tocarla aunque sus dedos apenas llegaron a rozarse.
Hubo unos minutos de intenso silencio.
Parecía que el río había detenido su agitada carrera y los
pájaros de la tarde habían silenciado su jolgorioso parloteo
afectados por la tensión de aquel instante. Sin mediar palabra, él
se giró y anduvo por el camino hasta perderse en el horizonte.
Ella sabía que jamás se volverían a
ver.

Vaya, qué pasada de relato. La descripción es preciosa; realmente me ha parecido sentir esa angustia, esa soledad y ese magnetismo en sus miradas. ¡Se me ha puesto la piel de gallina!
ResponderEliminar¡Gracias Marta! Me animas mucho para seguir con el proyecto-locura que nos ronda porque ayer, después de ver el nivelazo del personal, no estaba yo muy segura de poderme acoplar bien.
ResponderEliminarLa sensación es increíble cuando, mediante la palabra, haces que alguien vibre por dentro. Gracias por compartirlo conmigo.
Hahaha, fuf, yo sí que estoy que no sé qué hacer, no quiero decepcionar a Emilio después de haber confiado en mi :S Pero sí, seguro que acabamos sacando algo bueno de esto, y aprendemos mucho todos juntos! :DD
ResponderEliminarPor cierto, te dejo mi blog, no es nada del otro mundo, lo empecé hace un par de semanas y apenas he subido unos cuantos microrrelatos, pero por si te interesa, aquí lo tienes ^^
dondeduermenlasvocesrotas.blogspot.com.es
Un beso!!